lunes, marzo 16, 2009

La literatura es un despliegue de máscaras


Entrevista a Alan Pauls en el programa Siempre Libre*

Francisco Abelenda: Ya habíamos anunciado a nuestros oyentes, les habíamos dado el encargo de que leyeran la novela El pasado, de Alan Pauls, porque hoy él iba a estar con nosotros. Así que hoy vamos a hablar de esa novela y de otras cosas que teníamos ganas de preguntarle. Alan tuvo la gentileza de venir hoy al programa, así que está acá con nosotros.
Estuve pensando qué diría si tuviera que contarle a alguien quién es Alan Pauls, le diría que es guionista de cine, que es escritor, ganador del premio Herralde de novela (uno de los premios más prestigiosos en lengua castellana), también es crítico de cine, columnista del suplemento Radar de Página 12, le ha hecho reportajes a personas que a uno le da un poco de envidia... el reportaje a Paul Auster, por ejemplo o a Eric Rohmer... Pero la aparición de esta novela, El pasado, que a mi particularmente me conmovió y aunque yo pueda tener reparos sobre mi propio gusto literario, respeto el gusto de Germán García y él la recomendó calurosamente en su seminario.
Bien, James Joyce decía "cuando me presenten sólo digan Joyce", ¿vos como te definirías?

Alan Pauls: Escritor, porque todas las cosas que hago pasan por la escritura, ya sea el periodismo, la crítica de cine...

Francisco Abelenda: ¿traductor también, no?

Alan Pauls: sí, sí, en una época, cuando empezaba, fue uno de los primeros oficios a los que recurrí para ver si podía ganarme la vida así, sí, sí, pero duré poco como traductor porque es un trabajo insoportable, es una especie de esclavitud horrorosa y muy mal paga acá, muy mal paga. Para vivir de la traducción tenés que traducir dos o tres libros por mes y es una pesadilla.

Francisco Abelenda: ¿Cómo te pagan por una traducción? ¿Te la pagan de una vez o después seguís cobrando los derechos?

Alan Pauls: No, te pagan la traducción una vez y chau, se acabó. No se que pasa si otra editorial compra tu traducción para publicarla en otro país. Por ejemplo si de España compran una traducción que hiciste vos acá en Buenos Aires, no sé que pasa ahí, si llegas a un acuerdo con el editor, pero en principio te la pagan una vez y se acabó. Así que es un trabajo un poquito sacrificado. Pero básicamente todo lo que hago es estar frente a una computadora y trabajar con palabras, o sea que en realidad creo que “escritor” abarca todo.

F.A.: Sos traductor del francés al castellano, ¿verdad?

A.P.: Si, del francés al castellano, también del inglés, pero basicamente mi segunda lengua es el francés.

F.A.: Alguien dijo alguna vez que toda novela es una autobiografía y esta novela, El pasado, parece tener algo que ver con vos de una manera más directa, el personaje tiene tu edad, es traductor, etc. ¿Qué hay de autobiográfico en Rímini, el personaje de El pasado, más allá de la afirmación de que toda obra es autobiográfica?

A.P.: Hay cierta lentitud en el personaje que es autobiográfica, lo tarde que llega a todas las cosas es autobiográfica, yo llego tarde a todas las cosas... Me doy cuenta de las cosas tarde, asisto a hechos o acontecimientos que solamente me producen un efecto seis meses mas tarde, veo algo y no tengo demasiada idea de si lo que vi me gustó, me interesó, no me gustó o no me interesó... y quince días más tarde descubro que gracias a eso cambié mi manera de pensar sobre tal o cual cosa... En general entre las cosas que pasan y el momento en que me doy cuenta de que las cosas han pasado, pasa un tiempo importante, lo cual puede ser una tara tremenda, a la hora de vivir es tremenda, pero a la hora de escribir me parece que es muy interesante porque el terreno que hay entre el momento en que los hechos pasan y el momento en que los personajes se dan cuenta para mi es el momento más interesante para escribir.

Martín Pagés: Hay algunos escritores, entre ellos un ganador del premio Herralde, Jaime Bayly, Jorge Asís, vos mismo, en los que las cosas parecen más autobiográficas que en otros, ¿te parece que es necesario tener cierto nivel de egocentrismo para escribir ese tipo de libros? De repente uno vuelca en un libro algo que le pasa y, si te ponés a pensar, no es tan diferente de lo que le pasa a los demás... pero uno decide ponerlo en un papel y ponerlo a consideración...

Alan Pauls: Si, lo que pasa es que las marcas que vos podés exhibir en un libro para delatar que un libro es autobiográfico yo creo que en El pasado están totalmente borroneadas y es un libro que se puede leer perfectamente sin que el lector lo tenga en cuenta, hay gente que me conoce que por supuesto ata cabos, liga cosas, pero me parece que para mi lo autobiográfico es nada más que una materia prima que solamente tiene sentido llevar al terreno de la ficción si la ficción la deforma por completo y si ese material autobiográfico entra, cuando ingresa en la ficción, en composición con otros materiales que no son nada autobiográficos, son imaginativos o inventados o apócrifos o que vienen de la cultura o de otros libros... Solamente me interesa lo autobiográfico en la medida en que se compone con algo que me resulta completamente ajeno, que forma parte de vidas ajenas. Incluso te diría que todas las cosas autobiográficas, los materiales que hay autobiográficos en el libro, han sido tan sobre-escritos y tan manipulados y tan desfigurados que yo muchas veces cuando releo el libro o partes del libro, muchas veces ya me cuesta distinguir cuales son las cosas en el libro que me pasaron realmente a mi y cuales son las cosas en el libro que podrían haberme pasado pero que no me pasaron nunca. De hecho por ejemplo yo hice un experimento muy interesante que fue que repartí el libro en mi familia, que se supone que me conocen, se supone, y por ejemplo mi padre me llamaba cada día por medio y me decía: “No, nada que ver, nada que ver con lo que vos escribiste, no fue así para nada”, y a los dos días me llamaba y me decía: “¡No puedo creer el nivel de detalle con el que te acordáste de esa escena!” y la escena que el me decía que me había acordado con gran detalle era una escena totalmente inventada y la escena que el me decía que yo había escrito de una manera completamente arbitraria era algo que había sucedido tal cual en la realidad. Entonces, digamos, a mi me interesa justamente lo autobiográfico cuando hay ese tipo de malentendidos. Cuando un libro dice “yo” de principio a fin y el que lee dice, bueno, este “yo” es el yo que coincide con el tipo que escribió el libro, me deja de interesar... ya me parece que se convierte en una especie de testimonio, ya no es ficción, ya no es literatura. Para que haya ficción y literatura me parece que tiene que haber esa especie de contaminación...

Francisco Abelenda: También hay algunos que ponen “Yo” y después escriben cualquier cosa también, aunque pongan su nombre propio, incluso, en el personaje, no?

A.P.: Si, si, por supuesto, quiero decir, la literatura básicamente es una especie de despliegue de máscaras, aun cuando uno dice “Yo” en la literatura y confiesa algo absolutamente secreto, ya hay allí un efecto de impostura, un efecto de máscara, un efecto de “yo estoy haciendo de yo” que me parece que desbarata cualquier idea de sinceridad, cualquier idea de verdad sincera en la literatura. No hay verdad en el sentido de la sinceridad en la literatura.

F.A.: Esta novela podría pensarse como una puesta en abismo del concepto de novela de iniciación, cada capítulo sería como una pequeña novela de iniciación dentro de otra más grande, ¿vos lo pensaste así o salió así?

A.P.: No, en realidad yo pensaba que más bien la novela contaba lo que pasaba con dos personajes una vez que se moría algo que ellos consideraban esencial que era la pasión que los unía, ya que más bien siempre pensé que la novela era como una novela “post”. No una novela de amor sino una novela de lo queda del amor, no una novela de la pasión sino de lo que queda después de la pasión, o sea una novela más bien sobre restos o sobre escombros de cosas, o sea que más bien yo diría que lo que tienen estos dos personajes, Rímini y Sofía, es que tienen como una iniciación muy extraordinaria en el amor que dura desde los 16 hasta los 29 años y después se quedan sin nada, porque todo lo que hicieron, todo lo que acumularon, todo lo que aprendieron, solamente podían invertirlo en ese mundo amoroso que habían formado juntos y una vez que se quedan sin ese mundo amoroso es como si estuvieran en bolas otra vez. Como si tuvieran que aprenderlo todo de nuevo.

F.A.: En la novela no queda muy claro por que estos dos personajes deciden separarse, que ve Rímini ahí, ya que parece ser una decisión de él más que de Sofía...

A.P: En la novela se cuenta un poco la historia de esa relación, después hay una especie de agujero y cuando volvemos ya se separaron. Para mi el momento clave del estallido de la relación es cuando Sofía y Rímini están en la cama medio durmiéndose y ella con esa lucidez un poco insolada que uno tiene cuando está a punto de dormirse lo mira a él y dice “Somos una obra de arte”. Para mi ese es el momento en que la relación ya no va más. Cuando el amor se vuelve una obra de arte me parece que ya esa relación solamente puede ser contemplada o solamente puede ser admirada, pero no pueden ya vivir adentro. Entonces para mi ese es en rigor el Big Bang, es el momento en que estalla esa relación, es una relación tan autosuficiente, tan perfecta, tan hermética, tan homogénea, tan autárquica, que me parece que como sucede con esas especies que llegan a un estado de perfección y después solamente pueden extinguirse. Me parece que eso es un poco lo que pasa con la pareja, llegó a un punto de perfección tal que lo que sigue es la extinción, es como una estructura que no puede cambiar, no tiene dinámica, no tiene aire adentro y para mi esa es un poco la razón, pero bueno, la novela no lo dice, no lo explica, pero yo tenía muchas ganas de que realmente después de describir durante 80 páginas una relación que parecía perfecta, pasara directamente a la separación.

Martín Pagés: Lo del personaje de Vera y sus celos es tremendo, que me pareció demasiado ya en la escena de la nenita en el restaurante, pero sabés que sentí cierta envidia porque yo, que fui maltratado por las mujeres toda mi vida, nunca tuve una novia celosa. Y yo tampoco soy celoso o sea que me parece una experiencia que por ahí me gustaría vivirla, no tanto a lo mejor...

A.P.: Por ahí te estás reservando esa experiencia para cuando ya estés lo suficientemente maduro (risas) Por ahí supiste evitar esa situación con mucha hidalguía...

M.P.: Hace poco una ex novia me escribió y me decía que se daba cuenta de que yo no podía ponerme celoso, justamente fue a cenar con un conocidísimo escritor que no vamos a nombrar porque es casado... (risas) o sea un rival difícil, a lo mejor, para mí. No puedo ponerme celoso ni aunque quisiera.

F.A.: Vos sabés Alan, que también te hemos criticado en otros programas, yo hacía un chiste diciendo que me hubiese gustado que me pasaras el original de El pasado para que yo lo corrigiera, sacarle algunas cosas, sobre todo. Cuando se lo comenté a Germán García esto en una charla que tuve con él, fue muy cómico lo que me contestó... Yo le dije: “no se, me molesta que se utilice en la novela tantas veces la palabra verga”

A.P.: Ah, mirá vos, no sos la primera persona que me lo dice... no sos el primer hombre que me lo dice...

F.A. : ¿a las mujeres no les molesta..?

A.P.: no, me parece que es una palabra que molesta mucho a los hombres.

F.A.: Entonces Germán García me contesta imitando un acento gallego: “Eso es porque te afecta el subconsciente!” (risas)

A.P.: Para mi verga es una palabra que me parece muy apropiada, tiene una cierta fuerza, me parece... la palabra verga es como una incrustación en los libros, digo, sobre todo cuando los libros están como muy escritos, como este, entonces en esa prosa así un poco enjoyada que tiene el libro, de repente que aparezca la palabra verga es como una incrustación de diamante. A mí siempre me gusta eso, me gusta que la prosa pueda transcurrir.

F.A. : A mí me parece que debe ser muy difícil decidir que palabra usar si uno quiere contar justamente eso, entonces yo decía, bueno, yo le sacaría esta parte, esta otra...

A.P.: Pero vos pensabas en utilizar eufemismos...?

F.A.: No, sacar directamente.

A.P.: Castrar.

F.A.: Si, castrar...

A.P.: ¡No hay que andarse con medias tintas! (risas)

F.A.: Otra cosa que me pareció genial de la novela es el personaje este Riltse...

A.P.: el pintor...

F.A.: me parecía tan real que incluso lo busque por internet para asegurarme de que era un personaje de ficción... y Graciela Avram, la mujer de Germán García, me dijo que Riltse era un anagrama de otro pintor, puede ser?

A.P.: Es el anagrama de Elstir, que es el pintor de En busca del tiempo perdido...

M.P : Acá en la página 32, expresamente para molestarme, tal vez, se nombra a Klimt, Schill y Kokoschka, que en una época de mi vida eran nombrados como próceres por una ex novia mía... la Secesión de Viena, etcétera, etcétera...

A.P.: Creo que esos pintores son totalmente generacionales, son de una generación de enamorados, yo fui víctima también de esa influencia... Son todos vieneses... Pero, bueno, Riltse es un anagrama del pintor de Proust, pero creo que no tiene nada que ver con el pintor de Proust, por supuesto, solo que hay momentos en los que uno necesita cuando escribe cierto truco para poner en marcha algo, para emplazar algo y después poder seguirlo y en ese momento yo necesitaba un nombre para un personaje de un pintor y se me vino a la cabeza el personaje de Proust, cambié un poco las letras y empecé a escribir el personaje de mi pintor con ese nombre y al cabo de 10 páginas ya por supuesto el pintor de Proust había pasado a mejor vida, no, pero bueno, quedó ese rastro y algunos lectores así, perspicaces, como la mujer de Germán lo ven, pero de todos modos yo creo que no hay ninguna fecundidad en la relación entre mi pintor y el pintor de Proust. Yo creo que el pintor de mi novela es más bien una mezcla, un poco vulgar, un poco flagrante, de Bacon, y alguien como puede ser Orlan, esta artista contemporánea que transmite en video sus operaciones de cirugía plástica...

F.A.: El sick art... el arte enfermo...

A.P.: Exactamente...

F.A.: Si uno tuviera que recomendar solamente una parte y no todo el libro El pasado, uno podría decir: no lea todo lo otro, lea solamente el capítulo del recorrido de la pintura de Riltse, El agujero postizo, que es increíble, no se puede parar de leer... Ahí realmente el libro me terminó de vencer.

A.P.: (risas)

En el programa suena de cortina la canción Les feuilles mortes de Ives Montand

F.A.: Hay una escena en la que un disco rayado de Ives Montand, con la canción Les feuilles mortes, que estamos escuchando ahora, suena sin parar pautando un momento importante de la novela, ¿existe en realidad ese disco rayado?

A.P.: No... Existe el disco, que es un disco clásico de la canción francesa y ese romanticismo clásico de la canción francesa fue en algún momento un ingrediente bastante frecuente en las ceremonias amorosas de mi juventud, pero no existe esa idea de que mientras la pareja está haciendo lo suyo suena un disco rayado, porque eso ya hubiera sido un mal signo. (risas) Uno tendría que haberse puesto a pensar: Mmm, acá hay algo que está pasando que no es exactamente lo que yo pensaba y la idea en esta escena de la novela es que nadie toca la púa para que el que disco arranque y siga la canción.

F.A.: ¡Están muy concentrados!!

A.P.: Están muy concentrados... o nadie se atreve ni siquiera a tocar eso... lo que es mucho peor, es como tener una relación casi reverencial con la catástrofe.

F. A.: Hay otra escena con música, que transcurre en el lobby de un hotel alojamiento, están pagando la entrada y una cascada de agua no permite escuchar si la música que suena es Detalles u otra de Roberto Carlos... Está Rímini con su hijo y con Sofía, que parecía estar muy fea...


M.P.: no, está mal, está pobretona parece, con una ropa medio rota...

A.P.: Está mal, Sofía tiene un costado mendigo de su personalidad, aún así, mendiga y todo logra arrastrar a Rímini a un hotel alojamiento y él está con su hijo y a su vez con el cochecito, tratan de entrar los tres y el cochecito a un ascensor que es muy chico y la luz es muy mala...

M.P.: ¡Qué cagada se mandó Rímini ahí! Es esa sensación como cuando sos chico y tirás un jarrón y te preguntás para qué habré movido el brazo...

F.A. ¿El final del libro tiene algo que ver con La ciudad de las mujeres, de Fellini?

A.P.: No, la verdad que no había pensado en eso, puede ser, no se, de hecho el nombre del personaje, Rímini, es el nombre de la ciudad donde nació Fellini... Que en realidad tampoco tiene nada que ver con Fellini pero necesitaba un nombre... Yo después me enteré de que hubo un libro como uno de esos manuales de autoayuda, para situaciones así de crisis existencial o afectiva que se llamaba Mujeres que aman demasiado, me enteré después...

F.A.: Otra cosa que me habían apuntado, acerca de El Pasado, es que el hecho de contar detalles sobre la masturbación es algo que se emparienta mucho con la literatura hecha por escritores homosexuales, Jaime Bayly hace un poco esto, Vallejo, etc...

A.P.: Pero la masturbación no es patrimonio de ninguna orientación sexual en particular...

F.A.: No, claro, pero la literatura de escritores heterosexuales en general omite eso...

A.P.: Puede ser..., creo que en el libro hay ráfagas que están escritas como por una mujer, otras por un gay, otras por un heterosexual mataputos, me parece que lo interesante de escribir es también eso, no?

F.A.: En tu novela Wasabi hay un personaje que cumple un rol parecido al de Riltse en El pasado, pero este sí es real.

A.P.: Klossowski

F.A.: Pierre Klossowski. ¿Tiene algo que ver con el personaje de Riltse en el sentido de punto de fijación en la novela?

A.P.: Si, puede ser... En Wasabi lo que el personaje principal quiere es matarlo a Klossowski, tiene una especie de idea fija, no es lo mismo que pasa en El pasado. De todos modos Klossowski es un personaje real, es un escritor que a mí siempre me gustó mucho...

F.A.: Autor de Roberte esta noche, un libro que editó Página 12 en su colección La sonrisa vertical, hace mucho tiempo...

A.P.: Exactamente, y es alguien que dejó de escribir, además, para convertirse en pintor, también, eso es curioso... Y es el hermano de un gran pintor que es Balthus.

F.A.: ¿Cómo era aquello de la “hospitalidad” en Klossowski?
A.P.: Klossowski suscribía las leyes de la hospitalidad que imperaban en la vieja Roma que consistían en que había que ser realmente un buen anfitrión de los extraños y ese anfitrionazgo incluía por supuesto la ofrenda de su mujer, en realidad yo creo que Klossowski era un depravado, el máximo depravado francés... y los franceses son muy sofisticadamente depravados... Klossowski era actor también, trabajó en películas de Bresson... es un personaje muy notable. Raoul Ruiz, que es un cineasta chileno, filmó, hizo una adaptación al cine de una novela de Klossowski, la película se llama La hipótesis de un cuadro robado, que es extraordinaria, es una gran, gran película.

F.A.: Se nos acab el tiempo..! Esperamos que en otro momento vuelva a visitarnos Alan Pauls y podamos hablar más y de otras cosas...

A.P.: Me encantaría hablar de medicina con ustedes, porque las enfermedades son para mi uno de los temas más apasionantes de conversación que puede haber... Yo soy hipocondríaco además... y quisiera debatir con ustedes algunas ideas que tengo sobre la hipocondría, básicamente... Yo pensaba siempre que a los hipocondríacos les gusta cambiar de enfermedad imaginaria porque piensan que cada enfermedad es una manera de percibir el mundo diferente. Creo que las enfermedades son como drogas, drogas naturales...

M.P.: Estás en el lugar indicado...
*Se autoriza la reproducción citando la fuente.

sábado, marzo 07, 2009

El día en que Hasenkamp saltó a la fama

Una muy linda nota de nuestro colaborador y camarada de armas John Lake.
Con ustedes...


EL DÍA QUE HASENKAMP SALTÓ A LA FAMA


La semana pasada el combativo agricultor De Angeli junto a otros productores, copó un banco en una localidad de la provincia de Entre Ríos, pero nadie me preguntó dónde quedaba el campo de mi hermana… Los titulares de los diarios resaltaban en negrita el nombre de Hasenkamp, de complicada pronunciación, pero nadie me preguntó dónde quedaba el campo de mi hermana… En los medios gráficos aparecieron mapas con la ubicación del pueblo y el trazado de las rutas que lo circundan, pero nadie me preguntó dónde quedaba el campo de mi hermana…

La explicación que tenía que dar para ubicarlo se asemejaba a una mini clase de geografía que dejaba aún más confundido al interlocutor. “_Está en la provincia de Entre Ríos, 100 kilómetros al norte de la ciudad de Paraná_” decía yo, “_sobre una ruta que cruza de oeste a este la provincia, la Nº 127, que termina en Cuatro Bocas_”, nombre extraído, tal vez, de un cuento de Horacio Quiroga. “_No te confundas con la 12 que bordea el Paraná. El pueblo más cercano es Alcaraz, pero el más importante es Hasenkamp_”. “_¿Jasen queé?_” Siempre había que repetirlo o deletrearlo. ¡Ah!... Si de Angeli y sus huestes me hubiesen dado una mano en la década del setenta, no habría tenido que gastar tanta saliva en explicaciones.

Hasenkamp tenía un pequeño y modesto hotel donde nos alojábamos mientras se construía la casa del campo, apodada por los lugareños “el chalet”. El hotel era regenteado por un matrimonio descendiente de árabes. Tenían una hija rubia de grandes ojos celestes, celosamente custodiada por sus padres, que, años más tarde, sería reina del carnaval del pueblo. Venido de la ciudad, yo me sentía su James y ella era mi Balbina. Los días de semana los viajantes de comercio copaban las pocas piezas, donde obtener un chorro caliente de la ducha eléctrica, era un albur. En el comedor cada comensal tenía guardada su botella de vino tinto, tan fría como un blanco bien frappé. Hombres solitarios y aburridos. Cena – habitación del hotel – auto – visitas – nuevo pueblo. Esa era su rutina. Mientras tanto los feligreses de Hasenkamp rezaban en sus misas el credo del Concilio Vaticano Segundo, cuando en la Capital hacía tiempo que se había desechado. Orgullosos, sin equivocarse, se sentían más identificados con las corrientes renovadoras cristianas.

Chicha, la esposa del capataz, era la Crónica TV del campo. Con ánimo reprobatorio nos contaba cómo las rusas del campo vecino se revolcaban debajo de los árboles con cuanto forastero atravesase la tranquera. Su indignación aumentaba al detallarnos las relaciones incestuosas y más retorcidas aún, entre las familias de los hacheros que desmontaban las malezas. No necesitaba la TV, tenía a mi Tota y Porota (Luz – Porcel) propias. Al finalizar cada comentario apoyaba su mano sobre la mejilla acompañado de un “-¿Vio?-”. También conocía vida y misterio de cuanto pato, ganso o ave que revolotease en derredor de la casa. Lo mismo con las vacas y sus terneros. Cada uno tenía su nombre. Para mí eran todos iguales. Tantos eran los apodos y vínculos entre los animales que parecían componer una segunda familia de parientes lejanos. En una ocasión un amigo mío medio picaflor montó una yegua algo briosa. Salió disparado en línea recta a puro galope y se perdió detrás de un monte de ñandubay. Reapareció exhausto a la media hora. Meses más tarde parió la yegua. Chicha fue la encargada de asignar a mi amigo la paternidad del potrillo…

Estábamos en plena dictadura. Pero lo que los militares escribían con el puño, el clima lo borraba con el codo. Una noche cuando regresábamos en un auto a Paraná junto con tres amigos, la ruta estaba atestada de controles. En cada cruce nos detenían los militares iluminándonos las caras con una linterna y pidiéndonos documentación. Cuatro jóvenes en un auto, faltaba que nos colgáramos el cartel de “sospechosos”. Por suerte una gran tormenta hizo desaparecer todos los controles como por arte de magia y pudimos llegar sin inconvenientes a nuestro destino. Eran las épocas de los Hermanos Cuesta y su hit Soy entrerriano. Yo me consideraba uno más.

En otra oportunidad la lluvia nos jugó en contra. Demasiados confiados, ante un incipiente aguacero tomamos un camino de tierra para acortar distancia. El barro patinoso provocó un descontrol en la camioneta y terminamos en una zanja. Debimos abandonar el vehículo y caminar once kilómetros por el barro en plena noche, solo iluminados por los relámpagos que reflejaban de tanto en tanto árboles fantasmales. Rogando que ningún perro de los campos vecinos se nos abalanzara en medio de la oscuridad, arribamos extenuados y empapados a Hasenkamp.

El ingeniero a cargo de la construcción del chalet vivía preocupado por la fragilidad de los suelos. Un día, mientras visitaba las viviendas de los puesteros, en su búsqueda de una solución al tema de la estructura, descubrió una habitación usada como depósito, revestida con valiosas maderas abandonadas por una vieja empresa de ferrocarriles. Tal vez inspirado en La novicia rebelde, mandó retirar el revestimiento para utilizarlo en la cocina del chalet; al igual que María había utilizado las cortinas de la mansión para vestir a los hijos del capitán von Trapp.

Las noches, luego de la cena, concluían en tertulias o con la compañía de algún libro. En alguna oportunidad hasta tuve en mis manos Las obras completas de Borges, uno de esos libros que siempre se regalan pero que nunca se leen. Así como salen de las librerías permanecen en las bibliotecas hogareñas.

Ante tanta monotonía recuerdo, sin embargo, dos noches en particular. La primera fue la visita al pueblo de un elenco de radio teatro que venía a representar en vivo lo que se escuchaba por el receptor. A sala llena los actores recreaban en carne y hueso las fantasías del público. De pronto un espectador se dirigió a un actor en los siguientes términos: “-No grite tanto que me despierta al nene-”. La obra continuó pero el final nos tenía deparado una sorpresa: el héroe justiciero mató finalmente al villano. El público festejó el suceso con todas sus ganas y solicitó una repetición. Ante nuestro asombro el muerto resucitó para volver a ser herido mortalmente una vez más. Al igual que en la ópera, cuando a un gran tenor se le pide la repetición de una aria magníficamente cantada. La segunda noche nos encontró en La Paz con el ingeniero y el capataz en busca de gremios y materiales para la obra. En el único cine los afiches anunciaban El pibe cabeza de Torre Nilsson. Fue un sábado a la noche distinto. En una vieja sala abarrotada disfrutamos de las andanzas del delincuente de los años 30. Una ciudad conocida actualmente por las bondades de sus aguas termales donde el cine, hoy, es una historia lejana.

¡Cuántos recuerdos! La tía Corina montada en un alazán para la foto; don Enrique en el momento de ofrecer su cinturón para extraer un ternero del vientre de la madre, una fría mañana de julio; la esposa del ingeniero y sus primeros pasos gastronómicos en una cocina que le quedaba inmensa; la foto de los amigos delante de la panadería del pueblo.

Sí, ahora, cuando me pregunten, daré como referencia para ubicarlo el episodio de De Angeli. Me dirán: “-Ah sí, ya sé, me acuerdo-”, pero seguirán sin entender muy bien dónde queda el campo de mi hermana…

JOHN LAKE

miércoles, marzo 04, 2009

El largo brazo del creacionismo - Demoliendo a Richard Mathenson




Un artículo sobre Soy leyenda de Matheson que me impresionó. Excelente. Por el antropólogo y amigo Jorge Roze. Tal vez algunas cuestiones sean diferentes en tanto hay dos versiones de la película con Will Smith y aparentemente la versión alternativa que puede verse en el DVD sería más fiel al libro. Espero comentarios!!

El largo brazo del creacionismo
Demoliendo a Richard Mathenson

Jorge Próspero Roze
CONICET-Universidad Nacional del Norte
Instituto de Estudios Ambientales y Sociales – Fundación IdEAS

Sobre Mathenson, Richard. Soy Leyenda. Buenos Aires, Ediciones Minotauro, 1971, 73 pp.


Los memoriosos lectores argentinos de ciencia ficción de los ’60 celebraron con admiración y asombro la aparición, en 1971 de un impactante libro que contenía –y contiene- algo de lo más destacado de ese género que entre la crítica y la creciente masa de lectores pugnaba por convertirse en Literatura. Se trataba de Soy Leyenda.
La editorial Minotauro edita esta novela corta que Richard Matheson publicara en 1954 en Estados Unidos y constituyera un hito en el género.
Los cincuenta fueron, para la literatura, una década donde se conjugaban elementos que lanzaban la imaginación de los escritores por los caminos del miedo y lo inimaginado. El impacto de la Bomba Atómica y la perspectiva, por primera vez viable, de que la humanidad pudiera desparecer producto, precisamente de avance de tecnologías derivadas del conocimiento científico. Abordaban así situaciones apocalípticas lanzando, en verdad, advertencias a la humanidad de los futuros probables del camino que la nueva alianza entre ciencia y política bélica, estaban emprendiendo.
Igualmente esta literatura empezaba a expresar el quiebre que ganaba espacio en las reflexiones de la ruptura de un progreso que nos lanzaba a un futuro promisorio que la tecnología nos estaba prometiendo. Por primera vez en la historia se cimentaba la desconfianza en un futuro tecnológico como condición de la felicidad humana.
“Nada de lo humano me es indiferente”
El libro de Mathenson expresaba de modo brillante esta situación combinando el fantástico imaginario de las leyendas medievales y la literatura gótica del siglo XIX con la catástrofe tecnológica ahora de la mano del otro fantasma del Apocalipsis cual era el descontrol de la manipulación bacteriológica o el uso bélico de esos instrumentos.
Así, en Soy Leyenda, la humanidad se autodestruye no con la muerte masiva sino con la transformación de los individuos en entidades inhumanas. La sociedad de los hombres desaparece cuando los individuos que la componen se transforman en vampiros.
¿ De que nos habla el autor a lo largo de las escasas 71 páginas del libro entre el fárrago de la vida cotidiana, de la soledad del último hombre de la tierra, el origen del vampirismo, el porque de los objeto que los rechazan o los destruyen, sus investigaciones ?
El último humano sobre la tierra se plantea una primera misión que ocupa la mayor parte de sus días: destruir los monstruos. Destruir los vampiros. Vampiros vivos que viven de la sangre y vampiros muertos que resucitan y aparecen por las noches.
Fabrica estacas y sale con el sol a buscar alimentos y elementos que lo mantengan vivo y a matar vampiros. También experimenta. Prueba los elementos hostiles a los vampiros: el ajo, las cruces, el agua, la luz solar, las estacas, las balas y progresivamente estudia y construye un laboratorio donde trata de descubrir todo el proceso de extensión de la enfermedad, la transmisión, la muerte, y por que no la cura que se muestra a todas luces imposible.
En medio de esa zaga de tres años: se inicia en enero de 1976 y finaliza en enero de 1979, donde presenciamos a un hombre destruyendo vampiros y buscando respuestas biológicas, Mathenson nos lleva de la mano a la reflexión de que cosa es ser humano. Que es lo normal. Que es lo monstruoso. Reflexión esta que no parecen ocupar el tiempo de los filósofos modernos sino al momento en que distintos autores inician sus reflexiones sobre los genocidios del siglo XX.
Y será Michel Foucault, en sus clases dictadas entre enero y mazo de 1975 en el Collège de France quien va a situar la construcción de la anormalidad, lo monstruoso en los órdenes jurídicos y biológicos entre los mecanismos de normalización y de allí la construcción del orden social. Explicando lo que llama el monstruo humano señala:
Es, en un doble registro, infracción a las leyes en su misma existencia. El campo de aparición del monstruo, y por lo tanto, de un dominio al que puede calificarse de jurídico biológico. Por otra parte, el monstruo aparece en este espacio como un fenómeno a la vez extremo y extremadamente raro. Es el límite, el punto de derrumbe de la ley y, al mismo tiempo, la excepción que solo se encuentra, precisamente, en casos extremos. Digamos que el monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido (2000: 61).
El monstruo, nos dice Foucault es uno de los elementos constituyentes de la caracterización del sujeto normal en nuestras sociedades.
La inalterable ley de la evolución biológica
En el libro, la especie humana parece ya no tener futuro. La civilización, la sociedad, la especie desaparecerá con el último hombre. En esa convicción, un día cualquiera, a plena luz del sol aparece ante su vista, una mujer a quien captura y lleva a su casa como la esperanza de la existencia de otros hombres-humanos vivos, que es lo que Ruth le cuenta que existen.
Sometida a la prueba nuestro sobreviviente descubre, catastróficamente que no hay otros humanos-no-vampiros. Se trataba de un nuevo tipo de vampiros, con capacidad de vivir al sol y controlar su agresión, podían llevar una existencia social, en una nueva sociedad que estaban constituyendo. Desde lo biológico, la ley de la evolución, las transformaciones señaladas por Darwin y sus discípulos se hacían presentes:
Miró por el microscopio un largo rato. Sí, lo había encontrado. Y admitir lo que veía, cambió todo su mundo. ¡Qué estúpido e incapaz se sentía! ¿Cómo no lo había previsto?
Y sin embargo, había leído la frase cien, mil veces. Y nunca se había detenido a entender todo su significado. Era una frase muy simple:
Las bacterias también pueden ser mutantes (p. 65).
Estaba frente a una nueva fase de evolución: estaba frente a la construcción de una nueva sociedad, ahora de vampiros-humanos. Que era él, Robert Neville, entonces, en el nuevo mundo que se estaba gestando. La maestría de Mathenson expresa en profundidad toda la cuestión de aquel hombre capturado, prisionero, condenado a muerte por esa nueva sociedad que desde ciertos primitivismos de las sociedades jóvenes estructuraba una nueva sociabilidad:
Y comprendió la expresión que reflejaban aquellos rostros: angustia, miedo, horror. Le tenían miedo. Ellos le veían como un monstruo terrible y desconocido, de una malignidad más odiosa que la de la plaga. Un espectro invisible que como prueba de su existencia sembraba el suelo con los cadáveres desangrados, de sus seres queridos. Y Neville los comprendió, y dejó de odiarlos. La mano derecha apretó el paquetito de píldoras. Por lo menos el fin no sería violento, por lo menos no habría una carnicería...
Neville observó a los nuevos habitantes de la tierra. No era uno de ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían eliminar y destruir. Y de pronto nació la nueva idea, divirtiéndolo, a pesar del dolor.
Tosió carraspeando. Se dio vuelta y se apoyó en la pared mientras se tomaba las píldoras. Se estrecha el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo.
Soy leyenda (p. 71).
Esa es la esencia del libro de Mathenson: Lo monstruoso, lo distinto, lo que aterroriza no es un estado de la naturaleza que nos diferencia, sino las similitudes que parecen unirnos. No se trata tampoco de la subjetividad, la historia que nos precede, la tradición que fija nuestra humanidad, sino de lo que hacemos siendo lo que somos y de que mayoría fija la norma, lo normal, lo que siendo es.
La omnipresente evolución que nos convirtió en hombres-humanos puede convertirnos en otra cosa. Cuanto de naturaleza hay en la humanidad de cada uno.
Disparen contra Mathenson
El cine no ha beneficiado la obra de Mathenson. Diez años después de editado, participa de la elaboración del guión de El último hombre sobre la tierra, donde en vistas a los resultados renuncia a integrar los créditos de la película, entonces protagonizada por Vicent Prince.
Coincidente con su aparición en español, Charlton Heston protagonizaría una nueva versión del libro con el título de El hombre Omega, donde el guión no puede escapar a los avatares políticos de una América atemorizada por la Revolución cubana, el comunismo y la amenaza nuclear y el final es la redención del último hombre Americano crucificado por aquellos que se apropiaron del planeta.
La historia tampoco pasó desapercibida para los guionistas de la serie Los Simpsons, -con su mirada cáustica y crítica del estilo de vida Americano en el cual obtiene su éxito-, quienes presentaron en 1997 una parodia de la versión de 1971, llamada “El Hombre Homega” (la H haciendo un juego de palabras con el nombre del patriarca de la familia). Esta versión evidencia cierto mayor respecto al texto de Matheson e inicialmente hace presente cuán incompatible es su pensamiento con la ideología Americana moderna. Homero se enfrenta a los mutantes. Por una de esas lógicas sólo posibles en la serie, descubre que su familia también ha sobrevivido, y siguen siendo humanos. Los mutantes, conmovidos por el amor que se profesan, ofrecen a la familia construir una nueva sociedad en la que todos puedan convivir. Hasta ahí el espíritu de Matheson. La familia agradece la oferta, pero saca sendos rifles y fusila a los anormales diciendo “¿convivir con mutantes? Pff!” El chiste, en su relación con lo inconsciente –parafraseando a Sigmund Freud (1970: 1029)-, expresa aquí el espíritu de Matheson fusilado por el modo de vida americano (1).
La versión fílmica del 2007 demostrará que esta ideología dominante todavía no había disparado todo lo que tenía contra Matheson. Recién estaba apuntando.
Así, sin chistes nos enfrentamos hoy a la mayor violación al espíritu y letra del autor de Soy Leyenda, en la película que llevará el nombre del libro y se presentará “inspirada en las páginas de Mathenson”, recientemente filmada continuando una notable serie de clásicos de la ciencia ficción llevados al cien en la última década, a partir del éxito de Blade Runner.
No se trata ya de este o aquel detalle, sino de la flagrante irrupción de un pensamiento y un mensaje totalmente ajeno al planteo original que no muestra sino el nivel que puede alcanzar lo que Federico Engels (1971: 178) denominaba “lucha teórica”. En este caso, las doctrinas creacionistas enfrentadas con las evidencias científicas, y la manipulación de lo monstruoso en la exaltación de la acción y el pensamiento de los estrategas del imperio Americano.
El mayor baldón que los científicos del mundo entero podemos observar en el juego del poder-saber es la difusión en los centros académicos de los Estados Unidos del pensamiento creacionista que en algunos estados se impone desde las autoridades a cargo de la educación, en una abierta negación con las denominadas “doctrinas Darvinistas” es decir, el rechazo de la complejidad de los procesos evolutivos, fundadas en general en la autoridad de los libros santos.
Teorías como el “diseño inteligente”, que nadie que se aproxime al conocimiento científico puede tomar en serio, adquieren status científico de la mano de los aparatos de difusión de distintas confesiones multimillonarias, avalados por pseudos científicos o científicos con titulaciones en disciplinas que nada tienen que ver con las teorías en el centro de la discusión, particularmente las teorías de la evolución (2).
Volviendo a Soy Leyenda en su última versión, los vampiros son monstruos con todas características del imaginario que ha creado el cine de horror. Como tal no hablan, no se asocian, solo destruyen. No son distintos de sus perros. Son otra cosa. Son el enemigo que hay que destruir. Son también conejillos de indias para experimentar la cura. En esa dicotomía, la aparición de la mujer, ahora con un hijo no puede ser pensada como otra cosa que otro humano, constituye la esperanza de la resurrección de la raza.
En el límite de su soledad, le habla de la existencia de otras comunidades de humanos afirmando que lo sabe porque Dios le habló. Le habla de un grupo en algún estado que está reconstituyendo la sociedad, agrupados.
Ese es el comienzo de la transformación de Neville en Rambo, en el justiciero solitario llevado junto con la película de la mano de alguna providencia.
Dios hizo que el día que los vampiros consiguen destruir el escondite de Robert Neville este consiga la cura, y se sacrifique (3) –como buen Americano-, para salvar a la mujer y al niño, y la humanidad de humanos (armados con fusiles, protegidos por barreras, detrás de grandes portones como sus embajadas), tenga un nuevo comienzo.
Dios ha triunfado. Rambo se sacrificó por América y la humanidad. No existe ya evolución. Los monstruos son los otros. Norcoreanos, maometanos, cubanos en Cuba, colombianos de las FARC a quienes hay que vacunar contra los bacilos de la monstruosidad.
El plan inteligente consiguió a través de la película la cura para Richard Mathenson
No hay leyenda.
América para los americanos; el programa inteligente para los espectadores.

Notas

1. Esta referencia me fue incorporada por el joven Alejo Baltasar Roze. Volver

2. Proposiciones estúpidas como “Dios no juega a los dados…” pronunciadas por Eistein, se constituyen en fuentes de autoridad de las teorías creacionistas y motivan trabajos de tesis, ensayos, etc. Volver

3. De la atenta mirada de Alejo, descubrimos a posteriori las dudas del director -respecto del incalificable final-, en otro posible final donde se recupera la humanidad de los “monstruos” lo que nos muestra -en palabra del joven A.-, una “visión de la lucha interna de Hollywood por disparar o no contra Matheson”. El otro final posible se puede ver en: http://www.slashfilm.com/2008/03/05/i-am-legend-alternative-ending/ http://www.firstshowing.net/2008/03/05/must-watch-i-am-legends-original-ending-this-is-amazing/ . Volver

Bibliografía

Einstein, Albert, 2005. Mi visión del mundo (Metatemas). Barcelona, Tusquet Editores.
Engels, Federico, 1971. La guerra de campesinos en Alemania (Adición al prefacio a la edición de 1870 para la tercera edición de 1875). Buenos Aires, Editorial Claridad.
Foucault, Michel, 2000. Los anormales. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Freud, Sigmund, 1973. “El chiste y su relación con lo inconsciente”, en Obras Completas de Sigmund Freud. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva. Tercera edición. Tomo 1
Mathenson, Richard. 1971. Soy Leyenda. Buenos Aires, Ediciones Minotauro.

martes, marzo 03, 2009

Alerta Solar


El cine de Danny Boyle tiene algunas peculiaridades, para mi, que lo hacen algo diferente al resto. Vi casi todas sus películas y todas de una manera peculiar. En una sala de un hospital del extranjero donde estuve asistiendo un tiempo hace 10 años se organizó una exposición de arte también peculiar. Se trataba de una muestra en la que la autora, no me acuerdo de su nombre, exponía pequeñas pinturas en papel que representaban sus sensaciones después de tomar un determinado vino. En cada papel podía verse el color con pequeños matices de diferencia entre un vino y otro, podía leerse datos de la etiqueta, el año de cosecha, el nombre de la bodega y pequeños dibujos y frases que fijaban el momento y lo que sintió la autora en el momento de tomar ese vino y plasmarlo en su obra. Las películas de Danny Boyle, algo más que el resto del cine que veo, son como esos pequeños cuadritos, fijan algo del momento en que las veo. Pero lo fijan casi como un fresco de la época, la ideología, mis propias obsesiones.

La primera película de Danny Boyle que vi fue a mi llegada a Buenos Aires, cerca de 1995, Tumba al ras de la tierra (Shallow Grave) La película no era demasiado novedosa en cuanto a la trama, sin embargo tenía una estética que de algún modo modificó el sentir decorativo de muchas casas porteñas con las que poco a poco me fui encontrando. Por eso Tumba al ras de la tierra significó para mi el encuentro con una nueva forma de ver el espacio. Poco tiempo después pinté el departamento en el que vivía con colores que sin darme cuanta (ahora sí) venían de los colores de las paredes de la casa de esa película. El living de amarillo huevo, un cuarto de color lavanda, la cocina de color verde.

La segunda película, Trainspotting, implico una suerte de universalización de cierto léxico que para mi tuvo una significación adicional. Comencé a verla el 31 de diciembre de 1996 y pasé el año nuevo de 1997 en una sala de Barcelona, en un cine vacío. Fue muy divertido porque como estaba doblada al español, el abundante slang de la película se traducía en "que me doy un chumbo, tío..!" "Qué ha venido el camello..!" "No has tenido cojones para vértelas con el caballo y ahora estás con el mono.." Cosas así.

La tercera que vi, La playa, la vi en una época de furor por los viajes por el mundo que gracias a la convertibilidad y al endeudamiento menemista y la venta de las empresas del estado uno podía hacer con un sueldo de médico residente. Cuando la vi había viajado ya por muchos países del mundo y me preparaba para un largo viaje a la India. Así que esa fábula del muchacho occidental que con mochila al hombro se encontraba con un mundo inesperado venía como anillo al dedo para alguien como yo. En ese momento de mi vida, la película, con sus defectos, me pareció extraordinaria. Además estaba Virginie Ledoyen...

Después vino la catástrofe económica en la Argentina, que más bien deberíamos decir que vino el momento de pagar las cuentas y la fiesta del período anterior. Nada mejor que esa película de un mundo devastado que fue Exterminio (28 days later), que mostraba un poco cómo nos sentíamos en una fábula de zombis también extraordinaria.

Poco después en el 2004, la olvidable Millions nos iba devolviendo la fe. Una pléyade de santos y disparates mal contados constituían esta película en la que algunos vínculos identificatorios conseguían sostenerla. Renacíamos.

Sunshine, alerta solar, es un camino hacia el sol, melancólica como pocas películas de ciencia ficción, tal vez Solaris de Tarkovski esté a su altura. Y así estábamos. El final un poco disparatado conspiró para que esta película fuera muy poco vista. Subvalorada, merece una revisión.

Y finalmente Slumdog Millionaire, con la que Danny Boyle confirma mi teoría sobre que no hay que ver películas para poder ser un crítico objetivo.