viernes, agosto 31, 2012

Dreileben

Algo mejor que la muerte
Dirección: Christian Petzold


Varios mundos conviven en una misma geografía hecha de bosque, lago, montañas, y atravesada por caminos que serpentean entre el sol y las sombras, senderos recorridos una y otra vez por quienes nos llaman a seguirlos.
Un estudiante de medicina, Johannes, ejerce su práctica de enfermería en una clínica situada no muy lejos de una ciudad apenas insinuada pero asépticamente aislada del conjunto de casas y demás edificaciones. La cámara elige seguir sus pasos en el inicio de la película, para luego entrecruzarlos con otros y, llegado el final, perderlos sin mostrar tan siquiera sus huellas.
Son jóvenes los que componen un pequeño grupo que festeja en un tiempo vacío la música, la ropa, las motos, el sexo, la bebida, pero sobre todo el poder de reducir a algún otro a una situación de debilidad y miedo.
Vemos a Ana, visitante extranjera no tan sólo en ese grupo, sino también en la ciudad y en la vida de Johannes, en la que entra. Hija de madre inmigrante –tal vez también inmigrantes ella y ese niño hermano suyo– trabaja como mucama en un hotel de la ciudad. Fragilidad y ternura coexisten en Ana, junto con el ansia de traspasar la estrechez que una y otra vez la encierra. Perder no la detiene, se atreve a responder, se enoja, decide, deja en claro qué acepta y qué no tolera.
Otra joven, Sarah, aparece como la tercera que sabe desde su entrada en escena que a ella no le toca perder, sólo sonreír y esperar. Juega con cartas marcadas a las que confía el poder de retener a Johannes bajo el beneficio de ciertos privilegios de clase que su posición vuelve accesibles.
De la madre de Johannes, sólo conocemos su nombre, Ute, algunas veces pronunciado. Por lo demás, los mayores a los que quedan referidos los tres jóvenes son el padre de Sarah, médico y señor de la clínica y la madre alcohólica de Ana; su presencia en los acontecimientos es mínima, se limita a aportar algunas marcas estereotipadas del poder económico y de la exclusión social con que se amasan distintas herencias.
Otras marcas, más definitivas e inapelables, surgen en una breve secuencia en el inicio de la película, cuando apenas quedó atrás la lectura de su título Algo mejor que la muerte. Johannes baña a una anciana recién ingresada en la clínica, escena que se renueva más adelante con el baño de otra anciana. La limpieza de los cuerpos no podrá borrar las marcas de esas figuras ajadas en el desamparo, ni de esas mentes ausentes; unas y otras por igual libradas al extravío de la asepsia que habita una clínica prácticamente desierta, de pasillos y espacios luminosamente blancos.
La muerte muda y desapasionada domina la sala en la que un convicto vela el cuerpo de su madre. Tampoco en este caso se detiene la cámara, sólo nos la presenta. Por el contrario, a lo largo de la película se insinúa con distintos recursos la posibilidad de otra muerte; esta vez, una muerte impaciente, sangrienta, que se desplaza junto con los movimientos del convicto vuelto prófugo. En la mano, un cuchillo; el brazo se alza en dirección a un cuerpo joven.
La música tiene una presencia fuerte, por momentos exasperante. En ocasiones, dialoga con las imágenes, anticipa un peligro no tan sólo inminente, sino inaplazable, carácter del peligro al que las imágenes convierten en simulacro. Las últimas escenas en las que aparecen Johannes o Ana quedan suspendidas; en el caso de Ana, Petzold detiene el movimiento que ahora sí parece pronto a completarse, en el otro caso, muestra tan sólo el hueco que deja una salida fuera del marco de la pantalla.

Pilar Berdullas