viernes, julio 02, 2010

El día en que conocí a Leopoldo María Panero




Hace algunos años, tantos que no quiero acordarme, mi hermana Clara trajo a un grupo en el que nos reunimos a ver cine una película extraordinaria: un documental, dijo. Pocos intuíamos en ese momento que la película iría a resultar sublime e inolvidable. El desencanto es una película de Jaime Chávarri de 1976 que se centra en una familia emblemática de la España franquista, los Panero. Se trata de una familia compuesta por el padre, Leopoldo, poeta oficial del franquismo, su mujer Felicidad Blanc, finísima señora y sus 3 hijos, Juan Luis, Michi y Leopoldo María. La película es la metáfora perfecta del ascenso y caída del régimen de Franco y sobre todo de la impronta imborrable con sus muchísimos aspectos negativos que dejó en la sociedad española, pero también de sus aspectos que podrían mover a algún tipo de nostalgia incluso en aquellos que, como yo, sentimos siempre simpatías por el bando republicano. Es que esa familia no por fragmentada deja de amarse, no por desigual deja de ser emblema.

El poeta mayor, el padre, Leopoldo Panero, falangista y poeta, sobrevuela desde su muerte en 1962 como una figura omnipresente durante toda la película. La viuda, la madre, Felicidad Blanc, altiva y encantadora, que detrás de su sonrisa esconde el desencanto de toda España. Juan Luis, poeta también, opacado por la genialidad y la locura de su hermano menor, de Leopoldo, que se demora en aparecer en escena. Michi Panero, el más pequeño, brillante y carismático, ya deja avisorar un futuro de excesos y de triunfos en la escena mediática madrileña. Y por fín el diamante incrustado, Leopoldo María, salvaje e indómito poeta maldito, novísimo machacador de cerebros. En carne viva, desangrándose ante la cámara de Chávarri, recuerda que una familia es siempre una tortura silenciosa, pero también un refugio desesperado.

No quiero desilusionar a nadie cuando afirmo que Leopoldo María Panero es, quién podría dudarlo, el mayor poeta español vivo.

Leopoldo vive desde 1980 en distintas instituciones psiquiátricas y desde allí construyó una obra monumental y entrañable. El último psiquiátrico, en el que reside actualmente, es la Unidad Psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria donde se encuentra alojado por propia voluntad.

Podría contar como fue que conocí a Leopoldo María Panero, podría contar acerca de Las Palmas y las ventanas de la segunda planta del manicomio. Podría contar acerca de las palabras entrecortadas por el humo del cigarrillo. Pero prefiero terminar con un poema que encierra todo la ironía que implica el desencanto. El suyo, el nuestro y el vuestro.

A Mi Madre

de Leopoldo Maria Panero

(reivindicación de una hermosura)

Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)

“Poemas del manicomio de Mondragón” 1987

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