jueves, junio 30, 2011

Sartre: Subjetividad y sufrimiento



Existe en el pensamiento occidental una imagen paradigmática del sufrimiento personal: la imagen teológica del “infierno” como lugar de tormentos inacabables que nos alcanzan, sugestivamente, a través del cuerpo, a pesar de que se supone que solo las almas llegan al infierno. Con la frase: “el infierno son los otros”, Sartre pone de relieve el carácter social de nuestro padecer, desplaza el sufrimiento desde la precariedad y fragilidad del cuerpo desgarrado hacia la humillación y el desprecio que recibimos a través de la “mirada” de los otros; de la noción tosca del sufrimiento como efecto de flagelos corporales se pasa así a la versión sutil del sufrimiento como enjambre sofisticado de desvalorizaciones subjetivas.
Merleau-Ponty toma distancia de Sastre, pero insiste en la presencia de los otros y del entramado social, que a veces designa como “intercorporalidad”, para expresar el carácter ambiguo de las relaciones humanas, tanto en el plano social como en el subjetivo, como escenario en el que hace su aparición el sufrimiento.
Los estudios sobre la mirada nos ubican en el plano de lo que Sartre llama el “estar-con”, es decir, el encuentro de subjetividades, la convivencia con los otros. La persona (y en esto Sartre es deudor de Hegel) es esencialmente solidaria con sus semejantes, por oposición a la concepción del ser humano que forjaron Hobbes, Locke y Hume, los padres del liberalismo británico. Para Sartre, como para Hegel, la vida plenamente humana se desarrolla en el ámbito de la convivencia con el otro desde el inicio. Es preciso ejercer una abstracción muy artificiosa y forzada para llegar a imaginarnos una existencia humana aislada, al estilo de Rousseau.
Pero si bien la existencia humana se desarrolla siempre en convivencia con los otros, este hecho no nos exime de la tarea de examinar y comprender los factores “estructurales” de esa convivencia, de mostrar lo que sucede en su transcurrir y las posibilidades que encierra. Es más: parece necesario analizar hasta qué punto esa convivencia es un requisito imprescindible para convertirse en persona.
Pero en Sarte el movimiento constitutivo de la subjetividad se expresa en un “duelo” de miradas. Tal vez si reemplazáramos la palabra “mirada” por “valoración” comprenderíamos mejor esta expresión sartreana. Walter Biemel intenta aclarar esta dinámica del duelo de miradas partiendo de un ejemplo. En primer lugar, debe quedar explícito que no estamos hablando de un proceso descriptible en términos fisiológicos (imágenes que impresionan la retina y nos proporcionan un acceso a los objetos del mundo físico). Supongamos que estoy en el banco de un parque contemplando los árboles, el cielo, una fuente donde beben los pájaros. En ese instante yo soy el “punto central” de todas esas cosas porque todo lo que veo se ordena en torno a mí. Dicho más exactamente: en este “ver” todo gira a mi alrededor.
En Sartre, el sujeto es el centro gravitacional que organiza todo a partir de sí mismo. Las cosas parecen estar creadas para mí, esperando que yo las organice. Pero de pronto aparece un fenómeno nuevo: llega al parque otra persona. En un primer momento, yo la considero una cosa más, un objeto entre otros a mi alrededor. A mis percepciones anteriores agrego una nueva relación con un objeto “semejante a mí”. Pero inmediatamente advierto que se trata de un objeto privilegiado, porque no se deja atrapar en el “ordenamiento” del mundo que yo he establecido sino que está creando su propio ordenamiento. está generando un mundo, esto es, un ordenamiento que no es el generado por mí. Pero el fenómeno va más allá: al ordenar el otro en torno de sí las cosas que antes estaban dentro del ámbito de mi mundo, el otro me roba mi mundo. “Todo está en su lugar, todo sigue existiendo para mí, pero ha sido sacudido por una herida invisible”. Se trata de una huída del significado, una huída hacia el nuevo centro. La aparición del otro en el mundo se corresponde con un deslizamiento de todo el universo, con una descentralización del mundo que socava al mismo tiempo la centralización que yo estoy ejerciendo. El otro se me aparece como un ladrón que irrumpe por la fuerza, un usurpador que no sólo me roba las cosas sino que me expulsa de mi lugar privilegiado. El mundo, dice Biemel de una manera muy gráfica, deviene, en razón de la aparición del otro, en un espectáculo lleno de agujeros a través de los cuales se desangra bajo la mirada del otro. Pero además, en una “segunda fase” de este proceso, me apercibo de que el otro es para mí, además de un objeto privilegiado, un sujeto: comprendo que él, además de apropiarse con su mirada de los objetos de mi mundo, también puede verme. Mi relación fundamental con el otro-sujeto se reduce a la posibilidad permanente de ser visto por él. Esto es, el otro al mirarme me convierte a mí mismo en objeto: el otro se convierte para mí plenamente en un otro cuando lo experimento como el que me mira, es decir, el-que-me-convierte-en-objeto. El “ser-visto-por-el-otro” es el reverso del “ver-al-otro”: solo me apercibo de la realidad del otro, de que es alguien semejante a mí, cuando él me mira.
Por su parte, Merleau-Ponty descubre, en sus investigaciones acerca de cómo los niños aprenden a utilizar la noción de “otra persona”, evidencia que confirma y completa la tesis de la “apercepción asimilativa” que propone Husserl. Husserl sostiene que comprendemos la noción de “otro” transfiriendo el significado de la noción de “yo”, con la que me pienso a mí mismo, al otro: esta transferencia aperceptiva se funda en la percepción del cuerpo del otro, el cual se mueve “como si yo estuviera allí”, como si yo “habitara” ese cuerpo. Merleau-ponty señala que el niño, alrededor de los seis meses, vive en una fase de “pre-comunicación”, en la cual no hay para él individuos diferenciados unos de otros sino una colectividad anónima, y a partir de ese momento se inicia un proceso, que nunca estará completo, de diferenciación entre “yo” y el “otro”. La adquisición de conocimiento del otro en tanto otro es paralela a la comprensión, en el niño, de que su cuerpo es diferente y limitado. La construcción de la subjetividad en el niño no comienza por el cogito para darse cuenta en un segundo momento de que los otros existen, sino que comienza con el proceso de identificación a partir de un punto difuso que no admite distinciones entre “yo” y el “otro”, y llega al conocimiento de sí mismo solo en la medida en que progresa en el conocimiento de los otros.
La fascinación del niño con su propia imagen en el espejo (un fenómeno advertido por Köhler, Guillaume y Wallon, entre otros) muestra de manera paradigmática este doble resultado. La visión de la propia imagen en el espejo le ofrece al niño, por primera vez, la oportunidad de ver su cuerpo propio como una entidad diferenciada y limitada, y al mismo tiempo le permite distinguir entre él mismo y los otros. Para comprender la dimensión afectiva de la experiencia del niño ante su imagen especular, Merleau-Ponty retoma el examen de un paper de Jacques Lacan, de 1949, titulado “El estadío del espejo como formativo de la función del yo”. Siguiendo a Lacan, Merleau-Ponty sostiene que lo más importante que el niño aprende en el proceso de reconocimiento de su imagen en el espejo es que “puede haber un punto de vista a partir del cual ser visto”: el espejo le enseña al niño que él es visible, que puede ser visto por él mismo y por los otros. Reconocer nuestro carácter de seres visibles que a su vez pueden ver (visibles/videntes) es la precondición para poder desarrollar un “yo imaginario” o “ego ideal”. Pero al mismo tiempo abre la posibilidad de la alienación, porque comprendo que yo ya no soy como me siento (o me capto) a mí mismo de un modo inmediato, sino que debo tener en cuenta también la imagen que el espejo ofrece de mí: me veo, así, capturado por mi imagen espacial, abandono la realidad del yo vivido para referir mi propio yo constantemente al yo ideal, ficticio o imaginario. Y como los otros solo pueden acceder a mi imagen exterior, que es análoga a la que me ofrece el espejo, los otros ven en mí a alguien diferente de lo que yo siento (irreflexivamente) que soy: yo soy un otro frente a los demás. Pierdo así mi “punto de vista privilegiado” y me convierto en un otro (esto significa “alienación”). Pasamos así, digamos, de una rígida identificación “psicótica” con el yo “sentido”, idéntico a sí mismo, a la alienación “neurótica” en la que nos vemos “como deberíamos ser” según nuestro yo ideal o imaginario, que es el yo ficticio que “nos ve” desde un punto de vista exterior, y “objetivamente” (palabra que significa, a la vez, “verdaderamente” o “tal como somos”, y “como objetos”, no como sujetos de vivencias subjetivas). Habría, pues, dos modos extremos de construcción “inadecuada” de la subjetividad: una puramente identificada con el yo vivido, extremadamente egoísta y consolidada sobre los propios deseos y necesidades, que accede al mundo desde un único e incuestionable “punto de vista”, que es justamente el punto de vista propio; y otra puramente dominada por el punto de vista externo, en el cual mi ser objetivo es determinado por la perspectiva del otro. En las dos el resultado es el mismo: el sufrimiento, provocado en el primer caso por el solipsismo (que niega mi ser social) y en el otro por la alienación (que niega mi ser individual). Ambas situaciones repercuten en el plano social.
En un trabajo titulado “Cognition et théorie politique”, Jean-Louis Vullierme presenta su “teoría de la especularidad”, que dice que (i) los agentes sociales determinan su comportamiento sobre la base del modelo que se han forjado acerca de su entorno social; (ii) este modelo toma la forma de una “representación autorreferencial” que involucra el modelo que el conjunto de los agentes se forma del modelo de todos los otros agentes, o dicho de otro modo, un agente sólo se representa a sí mismo por intermedio de la representación que se forja subjetivamente de la manera en que los otros agentes se lo representan a él: todos los agentes sociales están prisioneros dentro de este juego de espejos, y determinan sus actos en función del modelo que ellos “imaginan” que está representado en las mentes o en las subjetividades de los demás, y este juego de espejos se desarrolla como un proceso dinámico.
La teoría de la especularidad ofrece, así, un modo de pensar la dinámica subyacente a la morfogénesis de los procesos políticos. La legitimidad, por ejemplo, es un fenómeno típicamente especular: es legítimo el accionar de un agente, un proyecto o un comportamiento no si se beneficia de la aprobación aditiva de los agentes involucrados, sino si esos agentes se lo representan como beneficiándose de la aprobación de los demás. De la misma manera, la estructura institucional de cada unidad política recibe su determinación de la interacción especular que se produce entre los modelos que los agentes se forjan de esa misma estructura.
Como podemos advertir a diario, los sujetos sufren tanto en sus relaciones personales como en sus relaciones políticas y sociales. El núcleo de ese sufrimiento parece hallarse en el modo en que cada subjetividad se construye con el otro y desde el otro. El otro es un espejo imprescindible para construir y reconstruir la subjetividad individual. Y la misma dinámica especular se traslada a las relaciones políticas, en las cuales nos reflejamos para comprender quiénes somos. Si Hegel, Sartre y Merleau-Ponty están en lo cierto, el proceso dinámico de constitución de la subjetividad parece inevitablemente destinado a producir sufrimiento. Pero si la teoría de la especularidad de Vullierme tiene algo de razón, no parece imposible inventar una actividad reflexiva (esto es, que nos refleja como personas) destinada al diseño de organizaciones políticas y sociales, una actividad cuyo producto generaría espejos capaces de devolvernos una imagen mejor de nosotros mismos, y contribuir de ese modo a la reconstrucción de subjetividades más allá del sufrimiento.
Pablo Sebastián García

Referencias
Biemel, W. (1987) Sartre, trad. castellana, Buenos Aires: Salvat.
Merleau-Ponty, M. (1945) Phénoménologie de la perception, Paris: Gallimard.
Merleau-Ponty, M. (1995) La Nature, Paris: Seuil.
Schmidt, J. (1985) Merleau-Ponty: between phenomenology and structuralism, New York: Saint Martin’s Press.
Vullierme, J. L. (1991) “Congnition el théorie politique”, en E. Andreewsky (comp.): Systémique et congnition, Paris: DUNOD, 127-139.

1 comentario:

silvia dijo...

Excelente el artículo!! No conocía a Vullierme. Para releer varias veces.
Hoy, un remisero me contaba contento que vio en la televisión fotos de los manifestantes en Londres. Y que había un cartel que decía: Ayer Argentina, después Grecia y ahora Londres!
Parece vulgar mi comentario pero al leerlo, relacioné este hecho con lo especular.Y la reconstrucción de subjetividades más allá del sufrimiento.
Saludos!!